Guimera y Verdú en Lleida de turismo

Hoy visitamos Verdú y Guimerà, dos municipios de la comarca de Lérida en la zona de l’Urgell, en los que todavía se respiran aires medievales; pero mientras el primero los concentra en torno a su castillo, el segundo los esparce por todos sus rincones.

Cuenta una leyenda popular que Verdú debe su nombre al «árbol verde y duro», surgido de un asta seca y vieja que coronó la esbelta torre de su castillo. Sea o no verdad, lo cierto es que en la villa: torre, castillo y casas, están unidos desde el principio de los tiempos, y aún hoy se percibe esa fusión, ya que incluso una parte de la fortaleza, está ocupada por viviendas particulares.

Berenguera de Anglesola fundó la ciudad en los alrededores del castillo, después de que una gran riada dejara sin hogar a una tercera parte de los habitantes del pueblo, erigido en una zona más baja. Y su hijo, Guillem de Cervera, traspasó la fortaleza a manos de los monjes del monasterio de Poblet, que emprendieron grandes reformas y ampliaciones que convertirían la austera construcción en una auténtica casa palacio.

Mientras el románico se despliega por la portalada principal de la iglesia parroquial de Santa María, y la nave que conduce al altar mayor, el gótico encuentra acomodo en ambos costados.

Salimos de la iglesia de Verdú pero no de la población, porque todavía nos queda por descubrir el secreto de su cerámica negra. Para ello, nos acercamos al taller de Enric Orobitg, un artista de nueva generación que aparte de experimentar con técnicas diversas de trabajo y aportar nuevos valores al arte escultórico, ha ideado un taller que lleva por título «Artesano por un día».

Dejamos atrás el modernista altar mayor de Santa María y nos perdemos de nuevo por las calles de Guimerà, deseosos de ser dueños del tiempo para poder situarnos en pleno agosto y así, ser partícipes de ese Mercado Medieval que desde 1995, vienen celebrando los vecinos, en honor al privilegio de realizar ferias en el municipio, que en 1294 les concedió el rey Jaume II.

Banderas del Medievo, doncellas, bufones; artesanos del cuero, del esparto, del cristal; y callejones empedrados que huelen a hogazas de pan, a queso, a jabón; ponen el broche final a una jornada que iniciamos en un castillo cuya torre vio florecer un árbol «verde y duro».

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