Desierto de Tabernas en Almería

Desierto de TabernasEstamos en el Desierto de Tabernas, al norte de Almería, entre la poderosa Sierra de los Filabres y la Sierra Alhamilla. Uno de los únicos desiertos verdaderos del continente europeo.

Barrancos, cárcavas, ramblas y pequeños cerros aislados dominan un espacio insólito, duro e impactante. Pero, a pesar de la aparente falta de vida, existe una vegetación propia del sudeste español perfectamente adaptada a estas condiciones de aridez extrema. Suelen ser vegetales espinosos, duros, rastreros, con hojas pequeñas y escasas. Todo ello para evitar que el implacable sol les robe la humedad que el rocío puede aportarles durante la noche.

El viajero ha de tener vista de lince para poder observar a los habitantes más característicos de este paraje: las aves. Su adaptación a estos entornos esteparios es tan perfecta que su plumaje es casi indistinguible del entorno.

Conociendo el Cabo de Gata en Almería

Atravesando la Sierra Alhamilla, el desierto se adentra hacia el sureste, estirando sus paisajes lunares hasta el borde mismo del mediterráneo, a los pies de la sierra del Cabo de Gata.

Paralela a la costa, la sierra es uno de los máximos exponentes europeos de macizos montañosos de origen volcánico. En los barrancos, las palmeras ponen una nota de verdor. Sobre las dunas y arenas se asientan los azufaifos, un matorral espinoso que sólo se desarrolla aquí y en las regiones áridas del continente africano. Al oeste del Cabo de Gata se localizan las salinas, flanqueadas por vegetación palustre, rosada en la lejanía por el vuelo de los flamencos.

De los arenales se ha dicho que son las últimas playas vírgenes de nuestra península. Las más espectaculares son las de Monsul y la de los genoveses, accesibles sólo a pie o en barca.

Cabo de Gata incluye, además, una franja marina de una milla de anchura paralela a la costa. Para imaginarnos esta verde pradera submarina, que contrasta con la aridez de la sierra, nada mejor que ascender al cabo de gata propiamente dicho, un promontorio basáltico adelantado en el mar y coronado por un faro blanco.

Allí, frente a los restos de la antigua torre de vigilancia de San Miguel, y de los acantilados, se relaja la vista en el azul del mar, y nos hace soñar con tiempos lejanos, cuando los fenicios acudían aquí, donde nacían las ágatas. O en tiempos más cercanos, cuando todavía se oían los gritos de las focas monje entre las puntas de roca, alejando a los marineros que creían escuchar dulces cantos de sirena.

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